José Tomás Boves: Un excluido que murió en su ley
Fuente Base: YVKE MUNDIAL
02/03/2015 04:03


Culturales

El más cruel de los enemigos que tuvieron los patriotas durante la guerra de independencia se llevó en dos años la vida de unas 80 mil personas, según los cálculos del Libertador, quien lo comparó con Atila, el azote de Dios. Su frenética cruzada fue, más que nada, producto de resentimientos por atrocidades y desprecio que le tocó sufrir


 

Imagine usted cualquier barbaridad y seguro que José Tomás Boves hizo algo peor. Caudillo sanguinario como el que más, dirigió a masas irredentas que mataron a miles, quemaron pueblos y haciendas, saquearon ciudades enteras, violaron mujeres, arrasaron con los sueños de los patriotas. La crueldad inherente a toda guerra llegó en sus tiempos al paroxismo. Las escenas que relatan los cronistas son tan terribles que parecen inventos. Baste un ejemplo: varios oficiales que sus hordas hicieron prisioneros, fueron “toreados” en remedos de fiesta brava: los obligaron a andar en cuatro patas y a embestir un capote y les clavaron banderillas para que murieran en medio de grandes sufrimientos y humillaciones.

“Fue un personaje llevado al salvajismo, desgarrado entre sus deseos de formar parte de algo, de pertenecer, y la crueldad con que fue rechazado”, dice la historiadora Katty Solórzano, quien recuerda así que este hombre, nacido en Asturias, forjó su proverbial maldad en una vida personal signada por la desventura. Huérfano de padre a los cinco años, se empeñó en ser oficial de la Marina española y lo logró, pero tempranamente se vio involucrado en un caso de contrabando y vino a dar a la cárcel en la Capitanía General de Venezuela. Luego se le permitió vivir en libertad, pero confinado a cierta región del llano. Allí se dedicó a la venta de ganado y a regentar una pulpería. Al estallar la lucha por la Independencia, en 1810, el muy joven José Tomás (tenía entonces 27 años) quiso incorporarse, pero cuenta la leyenda que quienes encabezaban la rebelión contra España lo despreciaron por no ser mantuano e ilustrado. Esa habría sido la razón psicológica que lo llevó a ser conocido luego como “la bestia a caballo”, el comandante de “la legión infernal”.

Además de no ser admitido, se le acusó de traidor, su pulpería fue quemada, asesinaron a su esposa delante de su hijo, y él mismo estaba sentenciado a muerte cuando fue rescatado por el ejército realista en Calabozo, en 1812. En retribución y para procurar venganza, se alistó con

Domingo Monteverde y comenzaron sus terribles correrías.

Sabía cómo relacionarse con los sectores excluidos de la sociedad colonial: indígenas, negros, pardos, gente que no tenía razones para creer en el tipo de independencia que buscaban los blancos criollos. Así se convirtió en el líder de un creciente ejército de parias que lo llamaban “taita”, palabra que en los Llanos equivale a “papá”.

De sus atrocidades como cabecilla de aquellas turbas baste decir que Simón Bolívar lo responsabilizó de 80 mil muertes, lo comparó con Atila y —como al emperador huno— lo apodó “el azote de Dios”. Y tal vez fue Dios quien ayudó a sacarlo de circulación cuando su liderazgo crecía y amenazaba incluso con ir más allá del poder de la alta oficialidad monárquica. En 1814, con la Segunda República agonizando y en medio de una batalla victoriosa para los realistas, Boves cayó en combate. El signo principal de su vida, el resentimiento, marcó la hora de su muerte. El patriota Pedro Zaraza, un llanero de Chaguaramas, quería venganza porque Boves había violado a su esposa. Nuevamente dice la leyenda que el general amoló su lanza antes de comenzar la batalla, y proclamó: “Hoy o se rompe la zaraza o se acaba la bovera”. Salió determinado a enfrentar a Boves. Logró llegar hasta el temible asturiano y matarlo en su ley. Así terminó la historia del “Taita” de “el león de los Llanos”, de “el urogallo”, de “la bestia a caballo”, de “el Azote de Dios”. Ese día, en la sabana de Urica, se acabó la bovera.


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